Nadie sabe
el dolor
que se siente.
Nadie se imagina con qué fuerza me aprisionan esas manos invisibles
cada centímetro de la garganta, el estómago, los pulmones y el corazón.
Nadie alcanza a ser capaz de sentir los golpes más fuertes en el cráneo
con un bate de béisbol que no puedes ver. y que no para.
Nadie,
nunca,
se ha dolido tanto como yo me duelo. Como duele mi historia,
como duele mi guerra.
Sin tregua,
y raras veces con cuartel.
Y yo sólo busco la paz. No una paz dulce y blanda, eso no.
Quiero una paz rápida, ácida y cortante, llena de fuego, de balas (de besos),
de caricias de metal y prisiones y cadenas. Y nadie lo entiende.
Nadie me entiende.
No conozco quien comprenda lo que es ser yo,
lo de odiarme tanto como parece que me quiero.
Lo de mirarme y no querer verme, y viceversa.
Esa seguridad en mí mismo que no es más que un puto papel de burbujas,
que después de abrazar un par de cactus, es más inútil que el papiro mojado.
Esa fuerza aparente, que se compone de gestos, apretar mandíbulas y manos
y separar los pies. De nada más.
Mi incapacidad para llorar, no por ser de piedra, sino por miedo a no saber cerrar el grifo,
y el pánico que me da desnudarme en vivo y en directo.
Que por mucho ego que tenga,
no lo tengo.
Es falso.
Es lo único que me queda, y no existe.
Es mi clavo ardiendo, pero sin clavo.
Mi salvaguarda peligrosa,
mi amor propio, que ni es mío,
ni es amor.
Porque es tuyo, y no sé dónde lo guardas.
Ni quiero saberlo,
por si lo encuentro y se me rompe sin querer.
Por si no lo reconozco.
Por si no me reconozco.
Por si acaso lo hago, y no me gusta.
Por si alguna vez llegas a entenderlo
y me lo explicas.
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
viernes, 13 de octubre de 2017
No, nadie, nunca. 13/10/2017
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
lunes, 7 de agosto de 2017
QUIZÁ 07/08/2017
veamos. no sé ni por dónde empezar.
Hoy no escribo para descargar mis frustraciones, ni mi carga, ni mis miedos. Escribo simple y llanamente sobre cómo me siento. Esta vez, ni si quiera buscaré que me leáis, ni dejar constancia en ningún sitio de lo roto que me siento ahora.
¿Alguna vez habéis sentido lo que se siente cuando falláis a alguien? ¿Esa culpa? ¿Ese dolor? ¿Esa impotencia por no poder saciar las ganas que se tienen de volver atrás y arreglarlo todo? Pues yo ahora mismo siento que he fallado, pero no siento lo que debe sentirse al fallar a alguien, sino que siento que le he fallado a una nación entera; a un planeta entero.
Nunca se me ha dado bien la gente. Nunca he sido bueno en las artes del Quid pro quo ni en las de ponerme en el lugar del otro. Pero esta vez juro que lo intentaba dar todo de mí.
No espero ni mucho menos despertar lástima o pena en nadie, pero prometo que esta vez iba en serio. Va en serio. Pero no se me da bien.
Me siento como un arma: Forjada a golpes para matar a golpes. No veo otra explicación. Cada cosa que hago es juzgada, aunque la sentencia lleva escrita ya mil años. Cada acción que llevo a cabo se vuelve en mi contra. Cada caricia inocente se convierte en hachazo. Y no puedo hacer nada.
Hoy me siento impotente. Siento que por mucho que quiera, no puedo ni podré hacer nada. Que todos los destinos están escritos y a mí me tocó uno de los que nadie quería. Porque ni yo lo quiero.
Me siento partido y roto, descosido, como esperando a que alguien decida que soy algo que no merece la pena arreglar, y no pudiendo decir que sí, que tengo remedio, porque ni si quiera me cosieron una boca.
Hoy me siento destrozado por no poder ser lo que me gustaría, por no saber demostrar lo que de verdad pienso, por no saber hacer sentir lo que en realidad me abrasa por dentro.
Hace poco me han dicho que era fuego, y hasta hace poco me lo creía. Pero no es cierto. Como mucho soy un trozo de ceniza candente que necesita madera, pero nada más. El fuego se apagó hace mucho, y no quiero que se vuelva a encender, porque cuando "era" fuego, abrasaba, brillaba, sentía que nada más me hacía falta. Y no quiero volver a ser eso. No sin ti..
Me haces falta. Te necesito. Te amo. No por quién eres, ni por cómo eres -que eso ya se da por supuesto- sino por lo que me haces ser. Por construirme día a día y por creer en las causas perdidas. Por no salir corriendo tras el primer beso y quedarte a ver el final de la obra. Te amo. Y me consume la impotencia de no saber demostrarlo, de echar cada dos por tres un cubo de agua encima de la brasa que antes era fuego. Lo siento. Lo siento. Lo siento.
No sé ni si quiera si leerás esto. No quiero ni pensarlo. Suficiente con haber reprimido las ganas de pelarme los nudillos contra la pantalla y el teclado del ordenador. Pero necesitaba decirlo. En realidad, quizá sí que necesitaba dejar grabado en algún lado esto, por si la brasa se apaga. Quizá sí que espero que me leas, o solo que me entiendas aunque ni si quiera veas esto. Quizá es que ya no me imagino sin ti, o que no quiero ni imaginarlo. Quizá sí espero que me superes, que no elijas otro camino, o que no lo crees.
Quizá espero ser un exagerado como siempre y que esto solo sea un bache.
Quizá, y sólo quizá, espero saber aprender a decir que te quiero sin abrir la boca.
Quizá no tenga remedio.
Pero siempre hay un roto para un descosido
Y a mí no me queda ni un hilo en mis costuras.
Hoy no escribo para descargar mis frustraciones, ni mi carga, ni mis miedos. Escribo simple y llanamente sobre cómo me siento. Esta vez, ni si quiera buscaré que me leáis, ni dejar constancia en ningún sitio de lo roto que me siento ahora.
¿Alguna vez habéis sentido lo que se siente cuando falláis a alguien? ¿Esa culpa? ¿Ese dolor? ¿Esa impotencia por no poder saciar las ganas que se tienen de volver atrás y arreglarlo todo? Pues yo ahora mismo siento que he fallado, pero no siento lo que debe sentirse al fallar a alguien, sino que siento que le he fallado a una nación entera; a un planeta entero.
Nunca se me ha dado bien la gente. Nunca he sido bueno en las artes del Quid pro quo ni en las de ponerme en el lugar del otro. Pero esta vez juro que lo intentaba dar todo de mí.
No espero ni mucho menos despertar lástima o pena en nadie, pero prometo que esta vez iba en serio. Va en serio. Pero no se me da bien.
Me siento como un arma: Forjada a golpes para matar a golpes. No veo otra explicación. Cada cosa que hago es juzgada, aunque la sentencia lleva escrita ya mil años. Cada acción que llevo a cabo se vuelve en mi contra. Cada caricia inocente se convierte en hachazo. Y no puedo hacer nada.
Hoy me siento impotente. Siento que por mucho que quiera, no puedo ni podré hacer nada. Que todos los destinos están escritos y a mí me tocó uno de los que nadie quería. Porque ni yo lo quiero.
Me siento partido y roto, descosido, como esperando a que alguien decida que soy algo que no merece la pena arreglar, y no pudiendo decir que sí, que tengo remedio, porque ni si quiera me cosieron una boca.
Hoy me siento destrozado por no poder ser lo que me gustaría, por no saber demostrar lo que de verdad pienso, por no saber hacer sentir lo que en realidad me abrasa por dentro.
Hace poco me han dicho que era fuego, y hasta hace poco me lo creía. Pero no es cierto. Como mucho soy un trozo de ceniza candente que necesita madera, pero nada más. El fuego se apagó hace mucho, y no quiero que se vuelva a encender, porque cuando "era" fuego, abrasaba, brillaba, sentía que nada más me hacía falta. Y no quiero volver a ser eso. No sin ti..
Me haces falta. Te necesito. Te amo. No por quién eres, ni por cómo eres -que eso ya se da por supuesto- sino por lo que me haces ser. Por construirme día a día y por creer en las causas perdidas. Por no salir corriendo tras el primer beso y quedarte a ver el final de la obra. Te amo. Y me consume la impotencia de no saber demostrarlo, de echar cada dos por tres un cubo de agua encima de la brasa que antes era fuego. Lo siento. Lo siento. Lo siento.
No sé ni si quiera si leerás esto. No quiero ni pensarlo. Suficiente con haber reprimido las ganas de pelarme los nudillos contra la pantalla y el teclado del ordenador. Pero necesitaba decirlo. En realidad, quizá sí que necesitaba dejar grabado en algún lado esto, por si la brasa se apaga. Quizá sí que espero que me leas, o solo que me entiendas aunque ni si quiera veas esto. Quizá es que ya no me imagino sin ti, o que no quiero ni imaginarlo. Quizá sí espero que me superes, que no elijas otro camino, o que no lo crees.
Quizá espero ser un exagerado como siempre y que esto solo sea un bache.
Quizá, y sólo quizá, espero saber aprender a decir que te quiero sin abrir la boca.
Quizá no tenga remedio.
Pero siempre hay un roto para un descosido
Y a mí no me queda ni un hilo en mis costuras.
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
lunes, 22 de mayo de 2017
22/05/2017 Madre de Dragones.
Algún día, si mis hijos me piden que les cuente una historia antes de dormirse, no dudaré ni un solo minuto y les hablaré de la historia más bonita jamás contada.
Érase una vez una reina que no tenía ni corona, ni trono, ni reino. Vivía en un castillo de torres rotas, y se pasaba el día reparando sus muros.
¿Y por qué era una reina si no tenía nada, papá?
Porque lo tenía todo, pero lo utilizó para construir ese inmenso castillo y así poder cuidar de tres pequeños dragones. Tres dragoncitos que no paraban quietos y no hacían más que jugar y romperlo todo. La reina les ayudó a salir del huevo, los lavó, los mimó y los vio crecer. Y los dragones se hicieron graaaaaaandes grandes, y comían mucho, y jugaban mucho, y rugían mucho.
Pues anda, si daban más problemas que alegrías....
Sí, pero la reina tenía un secreto: Sabía que los dragones le darían muchos quebraderos de cabeza, y que para ella los días serían de cien horas, y que las noches durarían tres. Sabía que los aldeanos llamarían a las puertas y le pedirían que echase a los dragones, que se los llevase de allí. Sabía que los dragones se harían grandes y tendrían que dejar el castillo algún día. Pero hasta ese momento, ella luchó minuto a minuto para que los dragones fuesen felices. LOS QUERÍA. y los dragones la querían más que a nada en este mundo.
Un día, la reina pensó que si trabajaba más podría hacer que los dragones estuvieran más a gusto y así fuesen menos traviesos, así que mientras salía del castillo, decidió dejarlos a cargo del mayordomo; un hombre un poco extraño y que nunca había mostrado especial interés por los tres monstruitos. Así pasaron los meses, y la reina llegaba tan cansada al castillo, que apenas veía que sus dragones habían perdido el brillo de sus escamas, o que ya no rugían tan fuerte como antes. Hasta que un día, miro a los ojos de uno de ellos, y vio todo lo que el malvado mayordomo les había estado haciendo, y NADIE tocaba a sus pequeños dragones.
Ideó un plan para poder huir del castillo y volar muy lejos con ellos. Lejos del mayordomo y de su perversa mente. Lejos del infierno en el que estaban convirtiendo el hogar que tanto le había costado construir. Pero el mayordomo sabía de las intenciones de la reina, y no pensaba permitir que fuese ella quien huyese con unas criaturas tan valiosas, así que se decidió por encerrarla en su propio castillo para mantenerlas cerca.
¿y qué pasó papá? -chssss, más bajo, que tu hermano ya está dormido-.
Pues que los dragones no iban a permitirlo. ¿Cómo iban a dejar que le hicieran eso a la reina? ¿A la persona que los había traído a este mundo? ¿A la mujer que había peleado contra reyes y aldeanos por mantenerlos a su lado? ¿A esa reina que había dado sus años sin dudar un instante por ellos?
Los dragones se dieron cuenta de que nadie los iba a tratar como ella. Que fuera de esas paredes les perseguirían y les harían daño. Así que distrajeron al mayordomo mientras liberaban a la reina, y se la llevaron volando hasta el palacio de los Leones, donde vivía su familia, y desde allí removió cielo y tierra para buscar y encontrar al mayordomo, y que pagase caro el daño que había hecho a sus dragones. Y lo consiguió. Ella misma se enfrentó a él y le venció, y los soldados del León apresaron al mayordomo y lo encerraron, y todo el mundo supo que la reina era la mujer más fuerte, valiente y entregada del reino. Todo el mundo la miraba con respeto, y la querían, y sabían que los dragones ya eran grandes, y que la protegerían con su vida si era necesario. Y...
Vaya. Ya se ha dormido. Siempre en el mismo momento de la historia... Bueno, mañana me pedirán que se la cuente otra ve...
-Papá... Yo quiero conocer a esa reina... tan buena y tan... tan valiente algún día...-
-Pero si ya la conoces cariño... Ya la conoces. Es tu abuela.
Para la futura mejor abuela del mundo. Para la mejor madre actual y para la mejor mujer que conozco y conoceré nunca.
GRACIAS MAMÁ.
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
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