lunes, 15 de octubre de 2018

15/10/2018 Estoy vivo

El aire huele diferente, es distinto
esta niebla matutina es nueva, y los cuervos, y el café...
qué rápido se termina.

Veo caras que jamás había visto, y las voces que aquí suenan son extrañas y musicales
y las piedras, viejas
pero nuevas,
veo el cielo reflejado bajo los pies, y parece que camino entre las nubes.
 Y me río. Nos reímos.

Y las risas suenan más fuerte, porque no son de aquí, pero aquí nacen
rápidas, temblorosas, como si temieran no ser de verdad
ser falsas, y ser llanto disfrazado.

Y la luz es más blanca y más tenue que antes,
pero brilla,
se refleja,
tiñe de oro la cerveza y el sudor...

La fiebre delirante y las camas, que cambian volubles como si fueran la propia Fortuna
ora estrechas, ora inmensas,
y medio vacías, o medio llenas,
eso depende.

Y aun así, me siento vivo, despierto, como un niño que conoce el mundo por primera vez
pero sin engañarme.
Sin engañarnos.

Que la niebla se convierte en lluvia de las cinco de la tarde,
de domingo,
y ni si quiera va a misa, la hija de puta.
Pero ahí está, mojándome el cigarro cuando espero al tranvía,
o colándose bajo el paraguas con la ayuda del viento.

Pero estoy vivo...

Despierto al son de mi propia sinfonía, de zumo de naranja, frío y tabaco.
me ducho con agua que moja y abrasa hasta las malas ideas,
me acuesto silbando canciones que ni si quiera yo conozco despierto.

Porque vivo, porque me late el pecho tan fuerte que lo siento en mis oídos, en mis manos.
Porque he encontrado nuevos ángeles, o demonios, y, joder, qué bonitos son. Qué falta me hacían. Y cuánto les debo.

Y cuando salgo a la calle el aire me huele a tierra y a hierro,
a fuego,
a piedra gris.

Me huele a después, y a siempre, y a huesos recién forjados.

¡Joder! ¡Que estoy vivo!







domingo, 6 de mayo de 2018

06/05/2018 Es Curioso.


Es curioso cómo el cuerpo sabe siempre lo que le pasa al alma.

Si estás feliz, los colores se vuelven brillantes, y la sangre se convierte en un destello rojo que llena cada vena y cada arteria, más rápido que la luz. Los músculos se tensan como correas, listos para explotar en movimientos convulsos y vertiginosos.

Pero cuando se te parte el alma...

Toda esa sangre parece escurrirse por la fractura, y es como si se escondiera en algún rincón que todavía no conocemos. El corazón se encoge, negando todo tipo de refugio y asilo al torrente, y todo torna en blanco y negro. Las manos tiemblan y, heladas, se vuelven frágiles como la escarcha. La respiración se acelera, al compás de una bomba que impulsa lágrimas grises por donde deberían correr ríos de magma. Los músculos se vuelven locos: unos se contraen hasta convertirse en piedra, otros se relajan, renegando de la misión de sostenernos en pie. La cabeza da vueltas, y late como lo hacía el corazón, y los ojos deciden que no existe nada más allá de donde llegue tu aliento, y se oscurecen.

Eso es miedo, pavor, terror, tristeza, angustia, pánico...

Es curioso cómo el cuerpo sabe siempre lo que le pasa al alma.

lunes, 5 de febrero de 2018

05/02/2018 Minutero

Estoy asustado. Simple y llanamente, estoy asustado.

A punto de entrar en pánico cada cinco minutos;

me basta con pensar, y ya ni si quiera necesito cerrar los ojos.


El mundo se me hace enorme

y plano,

y frío;

y cuanto más corro más rápido gira, aunque yo vaya en dirección contraria.


Y miro el reloj, la aguja horaria, y te juro que el tiempo no pasa, y aún así sé que fue ayer.

 O incluso pudo ser hace unas horas.


Pero las demás agujas se mueven rápido y me ponen nervioso.


Sé que no, y, aún así, aprieto los dientes mientras duermo.

Me muerdo los labios tan fuerte que me despierta el sabor a metal en mi lengua.

Me cuesta abrir los ojos,

y esta vez no es que se me hayan pegado las sábanas.


Me aterroriza la palabra "mañana"

y el verano,

y todo lo que no sea el "hoy" y el "ahora".

El "ya".

El "aquí te pillo, aquí te mato".


Y me preocupa;

me preocupa hasta el punto de volverme insoportable. Incoherente. Repetitivo. Tedioso.

Difícil de aguantar.

Pero intento que no se me note.

Que parezca que solo soy un bruto; un celoso, un pesado.

Pero miro el reloj y parece un cronómetro

y por más veces que lo golpeo, no se rompe.


Te necesito con cada golpe de segundero, y he aprendido a respirar al compás del "tic-tac" más cruel de la  historia.

A olerte el pelo

y a picarte.

A tocarte la nariz y a morderte el cuello.


A memorizar tu cuerpo como un ciego lee Braille, como un loco se aprende las grietas de una pared.

Pero, aún así, lo digo en serio.

Me da miedo.

Que la cuenta atrás me acojona,

y quiero llegar al cielo,

y no al cero.