domingo, 6 de mayo de 2018

06/05/2018 Es Curioso.


Es curioso cómo el cuerpo sabe siempre lo que le pasa al alma.

Si estás feliz, los colores se vuelven brillantes, y la sangre se convierte en un destello rojo que llena cada vena y cada arteria, más rápido que la luz. Los músculos se tensan como correas, listos para explotar en movimientos convulsos y vertiginosos.

Pero cuando se te parte el alma...

Toda esa sangre parece escurrirse por la fractura, y es como si se escondiera en algún rincón que todavía no conocemos. El corazón se encoge, negando todo tipo de refugio y asilo al torrente, y todo torna en blanco y negro. Las manos tiemblan y, heladas, se vuelven frágiles como la escarcha. La respiración se acelera, al compás de una bomba que impulsa lágrimas grises por donde deberían correr ríos de magma. Los músculos se vuelven locos: unos se contraen hasta convertirse en piedra, otros se relajan, renegando de la misión de sostenernos en pie. La cabeza da vueltas, y late como lo hacía el corazón, y los ojos deciden que no existe nada más allá de donde llegue tu aliento, y se oscurecen.

Eso es miedo, pavor, terror, tristeza, angustia, pánico...

Es curioso cómo el cuerpo sabe siempre lo que le pasa al alma.

lunes, 5 de febrero de 2018

05/02/2018 Minutero

Estoy asustado. Simple y llanamente, estoy asustado.

A punto de entrar en pánico cada cinco minutos;

me basta con pensar, y ya ni si quiera necesito cerrar los ojos.


El mundo se me hace enorme

y plano,

y frío;

y cuanto más corro más rápido gira, aunque yo vaya en dirección contraria.


Y miro el reloj, la aguja horaria, y te juro que el tiempo no pasa, y aún así sé que fue ayer.

 O incluso pudo ser hace unas horas.


Pero las demás agujas se mueven rápido y me ponen nervioso.


Sé que no, y, aún así, aprieto los dientes mientras duermo.

Me muerdo los labios tan fuerte que me despierta el sabor a metal en mi lengua.

Me cuesta abrir los ojos,

y esta vez no es que se me hayan pegado las sábanas.


Me aterroriza la palabra "mañana"

y el verano,

y todo lo que no sea el "hoy" y el "ahora".

El "ya".

El "aquí te pillo, aquí te mato".


Y me preocupa;

me preocupa hasta el punto de volverme insoportable. Incoherente. Repetitivo. Tedioso.

Difícil de aguantar.

Pero intento que no se me note.

Que parezca que solo soy un bruto; un celoso, un pesado.

Pero miro el reloj y parece un cronómetro

y por más veces que lo golpeo, no se rompe.


Te necesito con cada golpe de segundero, y he aprendido a respirar al compás del "tic-tac" más cruel de la  historia.

A olerte el pelo

y a picarte.

A tocarte la nariz y a morderte el cuello.


A memorizar tu cuerpo como un ciego lee Braille, como un loco se aprende las grietas de una pared.

Pero, aún así, lo digo en serio.

Me da miedo.

Que la cuenta atrás me acojona,

y quiero llegar al cielo,

y no al cero.




jueves, 11 de enero de 2018

Pésimo Estudiante 11/01/2018

Llevo toda mi vida estudiando.

Año tras año,

memorizando datos, palabras, esquemas,
aprendiendo por obligación y no por gusto.

vomitando sobre el papel lo que querían leer,
lo que decidiría si era bueno o no.

Si valía o me daban por perdido.

Y llegaste tú y te aprendí también.

Por placer.

Porque merece la pena.

Porque los retos siempre me han gustado, aunque tú me aterras.

Igual soy incapaz de razonarlo, de explicarme,
de no buscarme las vueltas e ir al grano.

Igual soy incapaz de callarme cuando debo, o de hablar, o de entender.

Igual me equivoqué de temario y me aprendí las mil maneras de cagarla
y de llegar tarde siempre a cualquier lado.

De perderme.

Y lo siento,

créeme.

Pero no es culpa mía,
ni tuya.

Fueron otros.

Me asustaban y me robaban los apuntes; los buenos.

Los de verdad.

Y me los tuve que inventar, pero nada sale bien.

Y no quiero aprenderte, memorizarte o razonarte.

Me niego a hacer esquemas de ti, cuando puedo pasarme horas mirándote.

Viéndote cambiar.

Vivir.

Escuchándote hablar (sólo yo parezco entender ese placer)
y ver cómo te brillan los ojos cuando todo cuadra en tu cabeza.

Callarme y escucharte.

Quererte.

Desear que me quieras cada vez más.

Y estoy aprendiendo a coserme las heridas; a arrancarme los cuchillos oxidados
y a apretar los dientes cuando me mojo en alcohol.

Y lo siento.

Por haber aprendido todo esto. Por no querer hacer el examen.

Y te amo.

Y duele.

Pero del dolor también se aprende. Y del silencio. Y de la piel.

Y ojalá pudiera prometerte que sacaré un sobresaliente. O al menos un notable.

Pero solo te puedo jurar que siempre he sido el más pésimo estudiante.

·Y·