lunes, 27 de noviembre de 2017

27/11/2017 Corazón bastardo.

¿ Qué es esto que me pasa?

Siento arder mis huesos,

vibran, tiemblan y se hacen polvo,

se derriten como cera junto al fuego.

Se me embota la cabeza, y todo se vuelve de colores

fríos, cálidos, dulces,

y ruidosos

como castillos de mármol y obsidiana cayendo por un acantilado, hundiéndose en el agua oscura del mar en la noche.

y me río.

inevitablemente

inconsciente, demente, en medio de un juicio que solo puedo perder.

y el juez lo conoces

y eres tú.

Tú y tu manía de no quererte

y de odiarte por ello.

Un juicio en el que el corazón es un bastardo y siempre pesa más que la pluma.

y mi sentencia la escribiste de tu puño y letra.


Y qué jurado.

inclemente e indecente,

de labios que no dicen nada y ojos que lo gritan todo,

de sexo

sudor

y lágrimas.

De cuerpos a media asta y piel de gallina,

de sonrisas incoherentes y manos tímidas que buscan

pero no encuentran.

Porque solo se puede buscar lo que no se tiene.


¡Qué juicio digno de la historia! ¡Qué dulce condena sin jaula!

y mi voz, tu veredicto

eterno e inamovible como las pirámides, como los tiempos.

Como los mitos del hombre.


Se me congelan los labios de calor, cielo, de no verte, de no besarte, de no escucharte.

y cada día,

cada noche,

se me hace más duro meterme en la cama, desnudo, y guardarme el sol que sale de mis entrañas,

de mi hoguera,

de la cuna de mi corazón bastardo,

que duerme contigo.

 Que te abrasa.

Que late fuego y espuma,

que te calienta los pies y te hace cosquillas detrás de la oreja.


Qué dulce vacío en el pecho, amor.

Qué bendita puntería la de Cupido,

que me arrancó el corazón del pecho, que no era mío,

y se lo llevó a su verdadero dueño.

Guárdalo bien, vida,

que no se apague,

porque eso significará que habré muerto.


Esta es la mejor manera que se me ha ocurrido para intentar explicar un poco lo que sentí el día que empezamos a salir.

Feliz medio año a tu lado, mi vida.

Te quiero

Y.









martes, 14 de noviembre de 2017

14/11/2017 Razones para escribir

Escribo porque te quiero,

o porque me odio.

Porque no sé gritar en silencio, o porque no me da la gana.

Porque me arde la garganta y ni tragándome las lágrimas se apaga el fuego.

Porque duele tan dulce que amarga, tan suave, tan áspero.

Tan placentero.

Escribo porque me sangran los dedos de tocar la guitarra. Porque me he quedado sin notas. Porque los silencios de blanca me salen perfectos.

Escribo porque tengo despellejadas las rodillas de subirme a los árboles,

de dormir de rodillas

de caer
y de nunca llegar al suelo.

Escribo porque lo necesito. Porque me quita el hambre y el sueño.

Y la sed.

Y la vida.

Escribo porque, al fin y al cabo, así sangra el alma y se desangra.

Así llora.

Así grita.

Y porque la tinta me cura las venas abiertas,

me calma la voz

y me abre los ojos.

Y porque así puedo morir sin hacerlo, cada noche, cada hora.

Y porque así vivo.

No escribo para que me lean. Escribo para leerme. Para conocerme. Para saberme.

Para esquivarme y engañarme.

Para quererte.


Y para no odiarme.

viernes, 13 de octubre de 2017

No, nadie, nunca. 13/10/2017

Nadie sabe

el dolor

que se siente.

Nadie se imagina con qué fuerza me aprisionan esas manos invisibles
cada centímetro de la garganta, el estómago, los pulmones y el corazón.

Nadie alcanza a ser capaz de sentir los golpes más fuertes en el cráneo
con un bate de béisbol que no puedes ver. y que no para.

Nadie,

nunca,

se ha dolido tanto como yo me duelo. Como duele mi historia,
como duele mi guerra.

Sin tregua,

y raras veces con cuartel.

Y yo sólo busco la paz. No una paz dulce y blanda, eso no.

Quiero una paz rápida, ácida y cortante, llena de fuego, de balas (de besos),
de caricias de metal y prisiones y cadenas. Y nadie lo entiende.

Nadie me entiende.

No conozco quien comprenda lo que es ser yo,
lo de odiarme tanto como parece que me quiero.

Lo de mirarme y no querer verme, y viceversa.

Esa seguridad en mí mismo que no es más que un puto papel de burbujas,
que después de abrazar un par de cactus, es más inútil que el papiro mojado.

Esa fuerza aparente, que se compone de gestos, apretar mandíbulas y manos
y separar los pies. De nada más.

Mi incapacidad para llorar, no por ser de piedra, sino por miedo a no saber cerrar el grifo,
y el pánico que me da desnudarme en vivo y en directo.

Que por mucho ego que tenga,

no lo tengo.

Es falso.

Es lo único que me queda, y no existe.
Es mi clavo ardiendo, pero sin clavo.
Mi salvaguarda peligrosa,
mi amor propio, que ni es mío,
ni es amor.

Porque es tuyo, y no sé dónde lo guardas.
Ni quiero saberlo,
por si lo encuentro y se me rompe sin querer.

Por si no lo reconozco.

Por si no me reconozco.

Por si acaso lo hago, y no me gusta.

Por si alguna vez llegas a entenderlo

y me lo explicas.