Por curar el corazón y anestesiarlo, nos destrozamos el hígado y los pulmones, el cerebro, cada parte de nuestro cuerpo y hasta nuestra alma. ¡Cuánto se sacrifica gustosamente para defenderse de aquel dolor que escapa a la espada!
Pablo Doménech
El ser humano es imbécil por naturaleza. Soportamos las cien mil formas del dolor más espantoso, lo excusamos, lo escondemos, lo obviamos y lo combatimos. lo curamos.
Lo olvidamos.
Construimos nuestras vidas sobre el dolor, sobre heridas abiertas y cicatrices que escuecen. Nos sostenemos con pilares del pasado, con arquitecturas muertas y cimientos podridos. Construimos nuestro concepto de felicidad a partir de latigazos y de lágrimas.
De decepciones.
Nos empeñamos en dibujar un futuro con pinceles que no pintan,
con cinceles en la piel,
con aguja e hilo
en el alma.
Aceptamos que nos duele la vida, porque la muerte aterra.
Porque preferimos lo malo conocido que lo bueno por conocer.
Porque nos matan las horas sin tregua ni tiempo muerto.
Porque vivir de rodillas es vivir,
aunque sangremos,
aunque muramos,
aunque nos duela.
Porque esperamos la de cal tras la de arena, y seguimos sin saber cuál es la buena.
Porque seguimos leyendo lo escrito en vez de coger la pluma,
en vez de volar, sobrevolamos.
Buscamos ascender y nos hundimos.
Respiramos agua, pero respiramos.
Buscamos mundos nuevos, cuando ni siquiera podemos con el que llevamos a cuestas.
El cielo se nos cae encima y seguimos
rezando
rogando a las estrellas.
Pero cuando lloramos el infierno llama, tira
hacia abajo,
y Caronte sonríe meciendo su barca.
Nuestra alma nos prostituye,
y nos vendemos por un alma
que lleva el diablo.
Todo lo puede, todo lo excusa. Soporta todo.
y lloramos abrazando la kenosis,
todo damos
aun no teniendo nada.
tomamos por sagrado el monumento construido,
blindado,
inútil.
Y pasamos nuestra vida remendándolo y minándolo
a golpes del mea culpa.
A fuerza de sermones, de mariposas muertas en el estómago
de humo en los pulmones,
niebla en la mirada
y frío en los huesos.
de sangre seca en la comisura de los labios,
de arrancarnos las costras.
de clavarnos puñales por justicia.
Nos creemos mártires de esta religión llamada vida, y nos regocijamos en la autocomplacencia.
Nos mordemos, gritamos y gemimos,
y dejamos el párrafo a medias.
Cerramos los ojos aspirando el olor de una almohada, de una camiseta, buscando el recuerdo en una foto doblada, en un dibujo, en un mensaje.
Nos acurrucamos entre edredones de plumas en vez de enfundarnos la armadura, porque preferimos dormir a luchar,
porque es más dulce el sueño de la victoria que el riesgo del fracaso.
Nos definimos a partir del resto, del otro, supeditándolo al "yo", y acabamos pensándonos como si de un tercero se tratase.
Todos lo hemos vivido.
Todos hemos elegido el camino fácil, el rápido.
Pero hay gente (des)afortunada. ciega.
Esas excepciones a la regla deciden bajar a los infiernos, eligen arder, consumirse, respirar el humo y las cenizas. Esa gente es la que se merece el cielo. O no.
Lo arriesgan todo por nada,
-órdago a la grande-
y juegan aunque tengan que empeñar su alma para ello.
Destrozan cimientos, pilares y tejados.
Lo queman todo.
Y vuelan alto.
Cuando miras a una de esas personas, si eres observador, verás que camina con la cabeza bien alta, una expresión grave en su cara y una mirada despierta y muy profunda.
Ese es el precio que han pagado.
Luchar contra el impulso de aovillarse,
de bajar la mirada,
de cerrar los ojos y llorar.
De delatarse al sonreír amargamente.
Es lo que han de hacer para que no se los coma el mundo:
Callar, por si la voz se quiebra,
Escuchar, por si encuentran la cura,
Observar, para no perderse nada.
Cuando miras a una de estas personas sabes que solo pueden ofrecerte el cielo, porque el infierno lo han hecho suyo y lo gobiernan.
Porque su lema lo lloran
"Los que hirieron, hicieron"
y su bandera ardió hace tiempo.
Cuando encuentres a una de estas personas, trátala como mesías,
como profeta,
como becerro de oro,
Porque estarás ante una rareza.
Cuídate de herirla, porque nada conseguirás más que el castigo de tu propia conciencia.
Porque ya está rota,
despedazada,
maltrecha.
Pero ella misma se ha cosido las heridas, se ha sacudido el polvo, y ha reconstruido las ruinas de sus muros.
de sus mundos.
Las personas así son inmortales, porque siempre serán recordadas.
Cuídalas, tú que escogiste ser el premio, el camino fácil, porque ellas cargan con el dolor de mil vidas vividas y de mil muertes del alma. Porque han aprendido a no aprender,
porque no escarmientan,
porque no quieren escarmentar.
Ellos son su propio templo, su pasado ya no existe y su futuro no llega.
Fíjate bien
-abre los ojos-
y sobre todo no las tengas por estúpidas,
porque el ser humano es imbécil por naturaleza
pero ellas dejaron de creerse humanas ya hace tiempo
y solo los dioses saben lo que han sufrido y amado.
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Con seguridad habrá muchas partes inconexas, incoherentes e incluso contradictorias, pero es un flujo de conciencia tan literal como lo he escrito. No busques razones o motivos, ni si quiera un orden lógico, porque no lo hay.
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
miércoles, 2 de octubre de 2019
02/10/2019 La Torpeza de Atlas
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
lunes, 15 de julio de 2019
16/7/2019 Serendipia
Voy a echarte de menos. Voy a echarlo de menos.
Todo. Aunque ni si quiera fuese algo.
Desde el primer "buenos días" hasta las "buenas noches" de cuando ya no podía más. Voy a echar de menos el olor a café, y a ti refunfuñando por subir la persiana. El desayuno con peli incluída, aunque fuese la que yo me montaba, y el "te toca fregar" por tocar los cojones.
Voy a echar de menos hasta sudar en el tranvía, o por las calles de Burdeos. Tu cara desde la torre más alta o el brillo del río en tus ojos cuando fuimos en barco.
Voy a echarlo todo de menos. Y no me sobra absolutamente nada.
Aunque odie el color azul, o el morado, o cualquiera de los que se te acercan; voy a echar de menos tus "ven aquí, tonto" y tus "que sí, que seguuuro". Mis conversaciones nocturnas contigo, e incluso aquellas en las que estabas despierto. Todas las series que nos hemos tragado, y los colocones con Chardonnay y Coca Cola.
Voy a echar de menos cada beso, cada mordisco, cada minuto de sexo, cada abrazo y cada mirada de reojo.
Voy a echar de menos tu olor, a ti, a Burdeos, a Francia.
Voy a echarlo todo de menos.
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(Ojalá quien elijas te pueda ver como te veo yo)
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
sábado, 29 de diciembre de 2018
29/12/2018 Dura lex, sed lex.
-¿Qué te pasa?
tirar la casa por la ventana y salir en pijama,
fumarse un cigarrillo y tirarlo al suelo a medio consumir
aprovechando un charco en una acera mojada.
Cualquiera puede cruzar en rojo y sin mirar,
saltarse todas las señales e ignorar los carteles,
tirar de freno de mano y subir el volumen de la música
para ignorar los gritos del asiento de detrás.
Cualquiera puede ponerse un traje caro,
engominarse el pelo,
perfumarse;
y decir al resto que el planeta es suyo.
Cualquiera puede hacerlo,
cualquiera puede soñarlo.
Y qué.
Puedes darlo todo, sin que se note,
sin que nadie te diga nada,
sin querer o queriendo,
y sonreir por dentro porque parece que lo estás haciendo bien.
Puedes convencer al resto de que eres invencible,
de que saldras invicto e impune de cualquier situación,
de cualquier mierda.
Puedes hacerles creer que eres de acero y de piedra,
de espuma de mar, de cielo.
Puedes conseguir que te envidien, te deseen, e incluso que te quieran,
pero el mundo sigue sin arder, y está lleno de sinsentidos.
Nadie perdona.
Nadie olvida.
Nadie.
Te conviertes en tu personaje y nada más.
te absorbes a ti mismo, te anulas, te vuelves ese que los demás ven al cruzar la puerta,
pero no pueden perdonar que desaparezcas,
que te rompas,
que te pierdas,
y ni si quiera tienes a mano un fino hilo de oro.
Y das vueltas y vueltas.
Gritas.
Te destrozas las uñas arañando unas paredes demasiado gruesas,
sientes tus huesos explotar en llamas,
la cabeza te da vueltas y palpita más que el corazón.
Lloras por no ver la salida, y por, quizá, no tener fuerzas ni para buscarla.
Lloras porque sólo te queda una vela, y va a ser una noche muy larga.
Lloras porque se te para el reloj y siempre son las cuatro de la mañana,
y ni hay tranvías ni autobuses.
Ni siquiera ves la calle.
Otro cigarrillo.
Calada.
Calada.
Calada.
Calada.
Calada,
y se acabó.
Te tiras de los pelos,
apoyas la espalda contra la pared y te dejas caer, vencido.
Abandonas.
Con lo bonito que estaba el laberinto en verano.
y en invierno.
Y bajo la luz primaveral o la lluvia y la niebla del otoño.
Cuántas veces lo había recorrido acariciando las formas de sus muros,
imaginando peligros y fantasmas al girar en cada esquina.
Cuántas veces me había escondido para escuchar a hurtadillas entre sus sombras.
Cuántas veces había pasado la noche allí, escuchando en la lejanía el barullo de una ciudad que no existe.
Cuántas veces había jugado a ser Dios, o al menos ángel.
Cuántas veces...
Y desapareció. Ya solo queda ese armatoste gris y despiadado que te hiere las manos con los filos de sus piedras, que se inunda y no te deja dormir sobre ese suelo tan conocido.
No es mi laberinto. No lo encuentro. Ya no está. Este laberinto está muerto. No lo entiendo. Desde cuándo. Ayer jugaba en él y hoy lo considero muerto. Me lo han robado.)
Alza la vista, y su cara refleja una tenue sonrisa. Abre la cajetilla y saca otro cigarrillo.
-Nada -susurra. -Todo va bien.
Calada.
"La vida se resume en mantener el equilibrio entre las veces que matas y las veces que mueres"
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