lunes, 5 de febrero de 2018

05/02/2018 Minutero

Estoy asustado. Simple y llanamente, estoy asustado.

A punto de entrar en pánico cada cinco minutos;

me basta con pensar, y ya ni si quiera necesito cerrar los ojos.


El mundo se me hace enorme

y plano,

y frío;

y cuanto más corro más rápido gira, aunque yo vaya en dirección contraria.


Y miro el reloj, la aguja horaria, y te juro que el tiempo no pasa, y aún así sé que fue ayer.

 O incluso pudo ser hace unas horas.


Pero las demás agujas se mueven rápido y me ponen nervioso.


Sé que no, y, aún así, aprieto los dientes mientras duermo.

Me muerdo los labios tan fuerte que me despierta el sabor a metal en mi lengua.

Me cuesta abrir los ojos,

y esta vez no es que se me hayan pegado las sábanas.


Me aterroriza la palabra "mañana"

y el verano,

y todo lo que no sea el "hoy" y el "ahora".

El "ya".

El "aquí te pillo, aquí te mato".


Y me preocupa;

me preocupa hasta el punto de volverme insoportable. Incoherente. Repetitivo. Tedioso.

Difícil de aguantar.

Pero intento que no se me note.

Que parezca que solo soy un bruto; un celoso, un pesado.

Pero miro el reloj y parece un cronómetro

y por más veces que lo golpeo, no se rompe.


Te necesito con cada golpe de segundero, y he aprendido a respirar al compás del "tic-tac" más cruel de la  historia.

A olerte el pelo

y a picarte.

A tocarte la nariz y a morderte el cuello.


A memorizar tu cuerpo como un ciego lee Braille, como un loco se aprende las grietas de una pared.

Pero, aún así, lo digo en serio.

Me da miedo.

Que la cuenta atrás me acojona,

y quiero llegar al cielo,

y no al cero.




jueves, 11 de enero de 2018

Pésimo Estudiante 11/01/2018

Llevo toda mi vida estudiando.

Año tras año,

memorizando datos, palabras, esquemas,
aprendiendo por obligación y no por gusto.

vomitando sobre el papel lo que querían leer,
lo que decidiría si era bueno o no.

Si valía o me daban por perdido.

Y llegaste tú y te aprendí también.

Por placer.

Porque merece la pena.

Porque los retos siempre me han gustado, aunque tú me aterras.

Igual soy incapaz de razonarlo, de explicarme,
de no buscarme las vueltas e ir al grano.

Igual soy incapaz de callarme cuando debo, o de hablar, o de entender.

Igual me equivoqué de temario y me aprendí las mil maneras de cagarla
y de llegar tarde siempre a cualquier lado.

De perderme.

Y lo siento,

créeme.

Pero no es culpa mía,
ni tuya.

Fueron otros.

Me asustaban y me robaban los apuntes; los buenos.

Los de verdad.

Y me los tuve que inventar, pero nada sale bien.

Y no quiero aprenderte, memorizarte o razonarte.

Me niego a hacer esquemas de ti, cuando puedo pasarme horas mirándote.

Viéndote cambiar.

Vivir.

Escuchándote hablar (sólo yo parezco entender ese placer)
y ver cómo te brillan los ojos cuando todo cuadra en tu cabeza.

Callarme y escucharte.

Quererte.

Desear que me quieras cada vez más.

Y estoy aprendiendo a coserme las heridas; a arrancarme los cuchillos oxidados
y a apretar los dientes cuando me mojo en alcohol.

Y lo siento.

Por haber aprendido todo esto. Por no querer hacer el examen.

Y te amo.

Y duele.

Pero del dolor también se aprende. Y del silencio. Y de la piel.

Y ojalá pudiera prometerte que sacaré un sobresaliente. O al menos un notable.

Pero solo te puedo jurar que siempre he sido el más pésimo estudiante.

·Y·

lunes, 27 de noviembre de 2017

27/11/2017 Corazón bastardo.

¿ Qué es esto que me pasa?

Siento arder mis huesos,

vibran, tiemblan y se hacen polvo,

se derriten como cera junto al fuego.

Se me embota la cabeza, y todo se vuelve de colores

fríos, cálidos, dulces,

y ruidosos

como castillos de mármol y obsidiana cayendo por un acantilado, hundiéndose en el agua oscura del mar en la noche.

y me río.

inevitablemente

inconsciente, demente, en medio de un juicio que solo puedo perder.

y el juez lo conoces

y eres tú.

Tú y tu manía de no quererte

y de odiarte por ello.

Un juicio en el que el corazón es un bastardo y siempre pesa más que la pluma.

y mi sentencia la escribiste de tu puño y letra.


Y qué jurado.

inclemente e indecente,

de labios que no dicen nada y ojos que lo gritan todo,

de sexo

sudor

y lágrimas.

De cuerpos a media asta y piel de gallina,

de sonrisas incoherentes y manos tímidas que buscan

pero no encuentran.

Porque solo se puede buscar lo que no se tiene.


¡Qué juicio digno de la historia! ¡Qué dulce condena sin jaula!

y mi voz, tu veredicto

eterno e inamovible como las pirámides, como los tiempos.

Como los mitos del hombre.


Se me congelan los labios de calor, cielo, de no verte, de no besarte, de no escucharte.

y cada día,

cada noche,

se me hace más duro meterme en la cama, desnudo, y guardarme el sol que sale de mis entrañas,

de mi hoguera,

de la cuna de mi corazón bastardo,

que duerme contigo.

 Que te abrasa.

Que late fuego y espuma,

que te calienta los pies y te hace cosquillas detrás de la oreja.


Qué dulce vacío en el pecho, amor.

Qué bendita puntería la de Cupido,

que me arrancó el corazón del pecho, que no era mío,

y se lo llevó a su verdadero dueño.

Guárdalo bien, vida,

que no se apague,

porque eso significará que habré muerto.


Esta es la mejor manera que se me ha ocurrido para intentar explicar un poco lo que sentí el día que empezamos a salir.

Feliz medio año a tu lado, mi vida.

Te quiero

Y.