lunes, 15 de julio de 2019

16/7/2019 Serendipia

Voy a echarte de menos. Voy a echarlo de menos.

Todo. Aunque ni si quiera fuese algo.

Desde el primer "buenos días" hasta las "buenas noches" de cuando ya no podía más. Voy a echar de menos el olor a café, y a ti refunfuñando por subir la persiana. El desayuno con peli incluída, aunque fuese la que yo me montaba, y el "te toca fregar" por tocar los cojones.

Voy a echar de menos hasta sudar en el tranvía, o por las calles de Burdeos. Tu cara desde la torre más alta o el brillo del río en tus ojos cuando fuimos en barco.
Voy a echarlo todo de menos. Y no me sobra absolutamente nada.

Aunque odie el color azul, o el morado, o cualquiera de los que se te acercan; voy a echar de menos tus "ven aquí, tonto" y tus "que sí, que seguuuro". Mis conversaciones nocturnas contigo, e incluso aquellas en las que estabas despierto. Todas las series que nos hemos tragado, y los colocones con Chardonnay y Coca Cola.

Voy a echar de menos cada beso, cada mordisco, cada minuto de sexo, cada abrazo y cada mirada de reojo.

Voy a echar de menos tu olor, a ti, a Burdeos, a Francia.

Voy a echarlo todo de menos.

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(Ojalá quien elijas te pueda ver como te veo yo)

sábado, 29 de diciembre de 2018

29/12/2018 Dura lex, sed lex.


-¿Qué te pasa?

(Cualquiera puede prender fuego al mundo,
tirar la casa por la ventana y salir en pijama,
fumarse un cigarrillo y tirarlo al suelo a medio consumir
aprovechando un charco en una acera mojada.

Cualquiera puede cruzar en rojo y sin mirar,
saltarse todas las señales e ignorar los carteles,
tirar de freno de mano y subir el volumen de la música
para ignorar los gritos del asiento de detrás. 

Cualquiera puede ponerse un traje caro, 
engominarse el pelo,
perfumarse;
y decir al resto que el planeta es suyo.

Cualquiera puede hacerlo, 
cualquiera puede soñarlo.

Y qué.

Puedes darlo todo, sin que se note,
sin que nadie te diga nada, 
sin querer o queriendo,
y sonreir por dentro porque parece que lo estás haciendo bien.

Puedes convencer al resto de que eres invencible, 
de que saldras invicto e impune de cualquier situación,
de cualquier mierda.
Puedes hacerles creer que eres de acero y de piedra,
de espuma de mar, de cielo.

Puedes conseguir que te envidien, te deseen, e incluso que te quieran,
pero el mundo sigue sin arder, y está lleno de sinsentidos.

Nadie perdona.
Nadie olvida.
Nadie.

Te conviertes en tu personaje y nada más.
te absorbes a ti mismo, te anulas, te vuelves ese que los demás ven al cruzar la puerta, 
pero no pueden perdonar que desaparezcas, 
que te rompas,
que te pierdas,
y ni si quiera tienes a mano un fino hilo de oro.

Y das vueltas y vueltas.
Gritas.
Te destrozas las uñas arañando unas paredes demasiado gruesas,
sientes tus huesos explotar en llamas,
la cabeza te da vueltas y palpita más que el corazón.

Lloras por no ver la salida, y por, quizá, no tener fuerzas ni para buscarla.
Lloras porque sólo te queda una vela, y va a ser una noche muy larga.
Lloras porque se te para el reloj y siempre son las cuatro de la mañana,
y ni hay tranvías ni autobuses.
Ni siquiera ves la calle.

Otro cigarrillo.
Calada.
Calada.
Calada.
Calada.
Calada,
y se acabó.

Te tiras de los pelos,
apoyas la espalda contra la pared y te dejas caer, vencido.
Abandonas.

Con lo bonito que estaba el laberinto en verano.
y en invierno.
Y bajo la luz primaveral o la lluvia y la niebla del otoño.

Cuántas veces lo había recorrido acariciando las formas de sus muros,
imaginando peligros y fantasmas al girar en cada esquina.
Cuántas veces me había escondido para escuchar a hurtadillas entre sus sombras.
Cuántas veces había pasado la noche allí, escuchando en la lejanía el barullo de una ciudad que no existe.

Cuántas veces había jugado a ser Dios, o al menos ángel. 

Cuántas veces...

Y desapareció. Ya solo queda ese armatoste gris y despiadado que te hiere las manos con los filos de sus piedras, que se inunda y no te deja dormir sobre ese suelo tan conocido.

No es mi laberinto. No lo encuentro. Ya no está. Este laberinto está muerto. No lo entiendo. Desde cuándo. Ayer jugaba en él y hoy lo considero muerto. Me lo han robado.)

Alza la vista, y su cara refleja una tenue sonrisa. Abre la cajetilla y saca otro cigarrillo.

-Nada -susurra. -Todo va bien. 

Calada.














lunes, 15 de octubre de 2018

15/10/2018 Estoy vivo

El aire huele diferente, es distinto
esta niebla matutina es nueva, y los cuervos, y el café...
qué rápido se termina.

Veo caras que jamás había visto, y las voces que aquí suenan son extrañas y musicales
y las piedras, viejas
pero nuevas,
veo el cielo reflejado bajo los pies, y parece que camino entre las nubes.
 Y me río. Nos reímos.

Y las risas suenan más fuerte, porque no son de aquí, pero aquí nacen
rápidas, temblorosas, como si temieran no ser de verdad
ser falsas, y ser llanto disfrazado.

Y la luz es más blanca y más tenue que antes,
pero brilla,
se refleja,
tiñe de oro la cerveza y el sudor...

La fiebre delirante y las camas, que cambian volubles como si fueran la propia Fortuna
ora estrechas, ora inmensas,
y medio vacías, o medio llenas,
eso depende.

Y aun así, me siento vivo, despierto, como un niño que conoce el mundo por primera vez
pero sin engañarme.
Sin engañarnos.

Que la niebla se convierte en lluvia de las cinco de la tarde,
de domingo,
y ni si quiera va a misa, la hija de puta.
Pero ahí está, mojándome el cigarro cuando espero al tranvía,
o colándose bajo el paraguas con la ayuda del viento.

Pero estoy vivo...

Despierto al son de mi propia sinfonía, de zumo de naranja, frío y tabaco.
me ducho con agua que moja y abrasa hasta las malas ideas,
me acuesto silbando canciones que ni si quiera yo conozco despierto.

Porque vivo, porque me late el pecho tan fuerte que lo siento en mis oídos, en mis manos.
Porque he encontrado nuevos ángeles, o demonios, y, joder, qué bonitos son. Qué falta me hacían. Y cuánto les debo.

Y cuando salgo a la calle el aire me huele a tierra y a hierro,
a fuego,
a piedra gris.

Me huele a después, y a siempre, y a huesos recién forjados.

¡Joder! ¡Que estoy vivo!