viernes, 7 de abril de 2017

07/04/2017 ¿Fe?

   Me niego a creer en la raza humana. Me niego a pensar que todos son tan estúpidos como aparentan. Me niego a decir amén ante unas criaturas que no se merecen ni un hola. Pocas personas conozco que sean capaces de seguirme el ritmo. Que sean capaces de mirar más allá de lo que les dicen sus bajos o sus ansias, más allá de lo que todos esperan de ellos.

   Pocos me entienden, aunque tengan el libro de instrucciones delante de sus narices. Pocos entienden el placer de saltar de un tema a otro con el mínimo o nulo nexo de unión. Pocos entienden la sensación de paz que da buscar una guerra, o quemar las calles a base de leer libros. Pocos entienden que el sexo y el amor no van de la mano, sino que de vez en cuando chocan los cinco, y que la fe mueve montañas, pero caminando se va más lejos. Pocos ven más allá de las palabras, y no entienden que hasta la más mínima postura cuenta una historia.

   No pido que me entiendan, ni que lo intenten; porque la gente de hoy no ve más allá de una pantalla, no capta la sutilidad de una mirada, ni todos los tormentos de un suspiro. No creen que sea malo tener filtros, y dicen lo que sienten envolviéndolo en papeles de colores, para que la foto sea más bonita. No respetan los vínculos, ni creen en la pasión a primera vista. No saben hablar. No saben crear, solo copian y plagian de forma automática atribuyéndose proezas que pertenecieron a los griegos, y no entienden ni siquiera el horror de mirarse en un espejo. Se gustan, porque se conforman.

   No ven que la belleza es cruel, porque piensan que lo que ven es belleza. Pero no, se confoman con apariencias y vestidos, y sonríen estúpidamente pensando que lo tienen todo.

   No teneis nada.

   Si jamás habeis llorado con un libro, un libro de verdad, pensando mil torturas para devolverle al autor lo que os ha hecho; si nunca os habeis sonreido, solos, con los ojos cerrados, con un trago de vino en la garganta pensando que os sobraba hasta la piel; si en ningún momento habeis deseado ir a dormir para soñar con algo que se os ha ocurrido a las dos de la tarde, entonces no sabeis lo que es tener. No os teneis ni a vosotros mismos. Creedme.

   No espero que nadie entienda esto. Lo que escribo es tan caótico como lo que pienso. Pero en el caos siempre hay un orden, y ese orden es lo más bonito que podreis observar nunca. La cara de alguien al que le rompes los esquemas; ver en sus facciones cómo se van hundiendo todos los puentes preconcebidos y cómo intenta construir unos nuevos; ver en los ojos de alguien cómo arden las torres de sus ideas, y cómo te implora que le ayudes a erigir una aún más alta; cómo destroza al fruncir el ceño los palacios de sus conocimientos y comienza a crear bibliotecas. Eso es belleza.

   No espero que lo comprendáis, pero si lo haceis es porque aún merecéis la pena.

   No espero que me creáis, porque el que cree se conforma, y el que se conforma muere.

   No quiero que me creáis, quiero que me digáis: ¿fe? eso déjaselo a los creyentes. Yo pienso.

lunes, 3 de abril de 2017

03/04/2017 Sobrenatural

   Quizá es verdad que busco algo que no existe. Quizá es cierto que sólo persigo humo y cuentos que he aprendido a fuerza de escucharlos todos los días. Quizá estoy loco por seguir creyendo en ellos.

   Igual es cierto que la persona perfecta no existe. vale, sí, eso es verdad, pero que nadie me diga que no existe alguien que es perfecto para cada uno. Esa persona a la que admiramos, por la que nos levantamos cada mañana, por la que hacemos tantas estupideces.

   Esa persona, esos rasgos que te quedarías mirando horas y horas: las líneas de su mandíbula, de su nariz, de su frente... Esas líneas que te llaman hasta en sueños, hasta cuando no quieres (o no debes). esos ojos... esos malditos ojos verdes en los que te reflejas, esos jodidos ojos verdes que cambian tan sutilmente con el ambiente, esos ojos que parecen sacados de las pesadillas más eróticas. Esos ojos que por la mañana te miran con la inocencia de un recién nacido pero que arden con la misma pasión y lujuria que ocho horas antes. Esos ojos que te has aprendido de memoria, tan profundamente, que serías capaz de dibujarlos con los tuyos cerrados. Esos ojos por los que, en otros tiempos, habrían escrito finos poemas y por los que habría suspirado toda la puta corte de Carlos V. Esos ojos de brujería que te roban el aire de los pulmones, que modelan su forma para que no puedas resistirte a ellos.

   Y qué decir de sus labios... Perfectos, plenos, oníricos y ominosos, que se mueven para herir con sonrisas o con muecas, que laten al ritmo de ese corazón que tan poco te pertenece, que esconden todo el aire que te gustaría tener en los pulmones... Esos putos labios que te quitan el sueño, y que te arrancan gemidos al roce con tu piel, y que te prenden fuego con un simple toque.

   Nada comparable a su cuerpo. Ese del que tan poco orgulloso estaba, a pesar de que Miguel Ángel habría destrozado su David y todo el canon si lo hubiera visto. Ese cuerpo que encaja tan bien en tus formas, tanto que parece hecho sólo para tí (no te hagas ilusiones) y que recordarás cada segundo de esta larga y corta vida como si ayer mismo se entrelazase con el tuyo. Ese cuerpo que, incluso a contraluz, sugiere mayores tesoros que cualquier cofre repleto de joyas. Ese cuerpo que te persigue, pero no lo suficientemente rápido como para atraparte en sueños...

   Y cuando todo esto pertenece a alguien que sabes que te defendería a muerte, que moriría y mataría por tí, que te daría todo lo que muchos pueden prometer pero nadie conseguir, que es capaz de secuestrar sonrisas incluso en los días más vacíos, que es capaz de hacer que tanto las lágrimas de tristeza como las de alegría, tanto los escalofríos como los llantos, tanto el silencio como las palabras merezcan la pena....

   Y cuando todo esto pertenece a alguien con quien te gustaría levantarte cada mañana y acostarte cada noche, sabes que lo has encontrado. Ahí está. 

      Pero esto solamente existe para los que creemos en la magia, en lo imposible, en lo absurdo.

                        



    En lo sobrenatural.












domingo, 19 de marzo de 2017

18/03/2017 El ser humano nunca cambia

   Tengo pruebas fehacientes de que el ser humano nunca cambia, por mucho que nos parezca lo contrario. No. Miradme a mí si no, sigo siendo igual de tonto. Igual de necio.

   volví a caer, para qué negarlo. Volví a ilusionarme y a pensar que era un "sí" de una vez por todas. Que por fin tantos golpes iban a ser recompensados, que me lo merecía.

   Me perdí irremediablemente mirando las curvas de su cuerpo al contraluz del flexo de la cabecera de su cama. Me hundía en el sonido de su respiración, aún cuando él se pensaba que yo ya estaba dormido. Me temblaba cada fibra de mi ser al despertarme con sus ojos (qué ojos) mirándome entrecerrados porque la persiana estaba subida. Recuerdo el olor del café recién hecho, y el cigarro en el balcón mientras llovía. Y las promesas que salían indiscriminadamente de unos y otros labios, como si nos sobrase munición.

   Recuerdo el primer día, cómo intentaba engañarme para que me desnudase, y a la vez cómo se engañaba para no quererlo. Cómo me obligaba a descubrir nuevos sabores, que sólo me gustaban allí. Recuerdo su gimoteo dormido, y cómo se acurrucaba encajando en mi espalda. Y cómo entrelazaba sus piernas con las mías, como evitando que me pudiera escapar de su cama, aunque sabía que me tenía esposado muy fuerte.

   Sigo oliendo su colonia, y sigo sintiendo la suavidad de sus labios por las noches, por mucho que haya rezado para olvidarme de todo eso. Sigo temiendo encontrárme con él por la calle, y que ya no me reconozca, o que ya no quiera reconocerme. Y aún así todos los días miro a su puerta cuando paso por su calle.

   Sigo engañándome y diciéndome que seguramente tuviera razón. Que esto no iba a ninguna parte y que así no se podía estar. Pero yo sí. De hecho lo daría todo por volver dos meses atrás. Dos meses, y volver a dejarme la mochila en el piso de arriba de ese bar, y dejarme robar ese beso que no podía hacerse esperar, y volver a escucharle, susurrándome que él no decía "te quiero", pero que me quería.

   Por desgracia ésta no será la última vez que escriba sobre esto aquí. Porque soy un animal de costumbres; porque el ser humano no cambia.